En el mundo de las ciencias sociales el estudio del fenómeno del peronismo tuvo diversas variantes, que van desde el apoyo incondicional hasta el odio más absoluto y visceral.
El gobierno creía que “la masa ciudadana debe ser disciplinada” y “las mentalidades deben ser transformadas”. La idea era restaurar los valores nacionalistas y católicos. Por eso hubo un fuerte control de los medios y la cultura, y la instauración de la censura previa. Desde la Subsecretaría de Informaciones y Prensa se fomentaron campañas de difamación contra intelectuales, artistas y opositores. Fue ella quien armó listas negras que integraban a Atahualpa Yupanqui o a Pugliese. El mismo Bernardo Neustadt estaba a cargo de fichar todas las organizaciones de la sociedad civil (culturales, deportivas, etc.) e indicar su filiación política, tarea que realizaba para la Secretaría de Asuntos Políticos.
El escritor, poeta y ensayista Ezequiel Martínez Estrada, presidente en dos períodos de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), fue quien resumió el parecer de las clases letradas llegando al extremo de comparar a los seguidores peronistas con los de Juan Manuel de Rosas. También, sin dudas, Jorge Luis Borges fue el mayor símbolo del conjunto de intelectuales de tendencias antiperonistas. Su oposición a la figura de Perón, plasmada a lo largo de su vida y obra, le valió en 1946 la degradación de su labor de titular de una biblioteca municipal al puesto de inspector de aves y conejos en los mercados y ferias públicas para la Municipalidad porteña.
Sin embargo, no todo fue oposición, sino que desde el surgimiento del peronismo, apareció un grupo de intelectuales que apoyó el movimiento, aun sabiendo que su ideología casi los condenaba al rechazo de sus pares. Dentro del mundo letrado, confluyen personajes tan disímiles ideológicamente como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, ambos con sensibilidad popular, provenientes de sectores yrigoyenistas del partido radical, para quienes el surgimiento del peronismo significó ver reflejada la representación de sus ideales. Así mismo, el movimiento dio lugar a la aparición de nuevas voces dentro del mundo letrado, los intelectuales netamente peronistas. Uno de sus símbolos fue John William Cooke, una de las plumas más destacadas de la izquierda peronista, quien consideraba que el movimiento debía adoptar una faceta revolucionaria y fue designado por el mismo Perón como su representante en Argentina durante su exilio, cruzando una frondosa correspondencia con él, y definiendo al peronismo con una frase que quedó en la historia: “el hecho maldito del país burgués”. Además, otra personalidad destacada fue la de Leopoldo Marechal, poeta, dramaturgo y ensayista, autor de obras icónicas de la literatura argentina como “Adan Buenosayres” y “Megafón, o la guerra”.
El gobierno clausuró sinfines de periódicos. Muchos habían denunciado, por ejemplo, la masacre Pilagá (como El intransigente, de Salta). Una comisión legislativa (comisión Visca, llamada así por su director, José Visca), que debía investigar los crímenes del gobierno, se dedicaba a clausurar cada diario que denunciaba la situación, totalizando 70 diarios. El régimen policial impedía ejercer a los intelectuales y artistas opositores.
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El cuento “Casa Tomada”, de Julio Cortázar, fue publicado en 1946, tan solo tres años después del golpe de estado del ‘43, gestado por el GOU (grupo de oficiales unidos) liderados por el coronel Juan Perón, y en un contexto de elecciones presidenciales en toda la Nación. Estas fueron las últimas elecciones presidenciales en las que solo los varones tuvieron derecho a voto, antes de la introducción del sufragio universal de hombres y mujeres en 1947. Los votantes eligieron a los miembros del Colegio Electoral encargado de elegir al presidente y al vicepresidente de la Nación Argentina; a los legisladores nacionales y provinciales; y a los gobernadores de las provincias.
Los comicios,
celebrados con el objetivo de restaurar en el país la democracia electoral tras
el largo régimen fraudulento de la Década Infame, impuesto por el golpe de
estado de 1930 y derrocado por el golpe del ‘43, tuvieron un carácter histórico
por la victoria de Juan Domingo Perón, candidato de tres partidos creados
apenas unos meses antes.
En el relato, el narrador
cuenta cómo la casa va siendo invadida parte por parte, hasta que eventualmente
los antiguos dueños terminan siendo echados de su propio hogar.. Las personas
que gestaron el golpe de estado del ‘43 venían de zonas rurales y se
introdujeron en las ciudades, como Buenos Aires. Esta gente no tenía vivienda,
por esta razón comenzaron a tomar la ciudad, y en el cuento, la casa en la que
vivían el narrador e Irene. Los propietarios se resignan a haber perdido parte
de su casa, aunque a veces se lamentan por haber dejado que esta fuera tomada.
Este régimen fue lo que se vivió en el país y evidentemente influenció el
relato de Cortazar.
Además, durante
mediados de los años 40 en Argentina se estaba viviendo un momento de
disturbios económicos, secuelas de la gran depresión de los años 30. Esta fue
provocada por una gran reducción importante en el comercio internacional, ya
que los países que invertían o compraban en Argentina dejaron de hacerlo, por
lo que los dirigentes decidieron proteger sus economías para evitar el exceso
de gastos y salir de la crisis. También, la caída de las ventas y los precios
de los cereales y carnes exportables debían contrarrestarse con las
importaciones.
Por último, la frase: “Estamos bien poco a poco empezamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar” hace referencia al carácter que fomentaba la ignorancia del gobierno Peronista. Esto permitió que mejoraran las condiciones laborales de los trabajadores en Argentina, entregándoles zapatillas, regalos y distintos bienes, sin realmente medir las consecuencias, porque estaban “bien” y ya no tenían que pensar.
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